Un joven llamado Saulo

A eso lo llamo yo estar en el lugar oportuno en el momento justo. El libro de los Hechos nos dice que cuando sacaron fuera de la ciudad a Esteban para apedrearlo, los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo que no dejaba de escuchar a Esteban repetir su invocación: ?Señor Jesús, recibe mi espíritu?. Es fácil ver el paralelo entre la muerte de Jesús y la de Esteban. De hecho, esta invocación recuerda una de las siete palabras de Jesús en la cruz: ?Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Pero es que aún hay más parecidos evidentes. Un poco antes de morir, Jesús gritó: ?Padre, perdónales porque no saben lo que hacen?. Ahora Esteban, cayendo de rodillas clamó con voz potente diciendo: ?Señor, no les tengas en cuenta este pecado?. Sin embargo, el paralelismo se rompe cuando al pie de la cruz, el centurión romano, un pagano, confiesa ?verdaderamente, este era hijo de Dios?, mientras que aquí Saulo, el fariseo judío, aprobaba la ejecución de Esteban. Qué extraño contraste.

¿Qué pasó ese día en el corazón de Saulo? Quién puede saberlo. Probablemente compartiría los mismos sentimientos de rabia e indignación de los ancianos y escribas que cuando oían las palabras de Esteban se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de rabia. De hecho, sabemos que aquel día se desató una violenta persecución y que Saulo se ensañaba con la Iglesia penetrando en las casas y arrastrando a los creyentes a la cárcel.

Pero esto no será más que el principio de una historia de misericordia y de salvación. La semilla ha caído en tierra buena y más pronto que tarde dará su fruto. Saulo se convertirá pronto en Pablo, de perseguidor a apóstol. La sangre de Esteban será la semilla de la nueva vida de Saulo. «Semen est sanguis christianorum», dijo Tertuliano, «la sangre de los cristianos es semilla».

Más adelante, cuando él tenga experiencia de esa misericordia de Dios que le rescató de su necedad, de su ignorancia y de su injusto proceder, él hablará de la pugna entre el Espíritu y la carne, el hombre del cielo y el hombre de la tierra. Algo de lo que también dio testimonio Esteban, cuando lleno del Espíritu Santo, y mirando al cielo vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios. Este será el punto decisivo. Esta será la gran revelación. Jesús es la piedra desechada por los arquitectos que se ha convertido ahora en la piedra angular.

Por eso en el evangelio de hoy Jesús se presenta a sí mismo como el verdadero pan del cielo. Porque no fue Moisés sino el padre de Jesús el que da el pan que trae la vida al mundo. El enviado del Padre es el que viene del cielo y se hace alimento. Vemos aquí como una vez más en el evangelio según san Juan, Jesús dice de sí mismo: ?yo soy?, pronunciando así el nombre de Dios y revelando su verdadera identidad. En el signo de la multiplicación de los panes, Jesús revela el significado profundo de su ser. Él es el pan de la vida. El único capaz de saciar el hambre y la sed del corazón del hombre.

También nosotros en este momento estamos en el lugar oportuno en el momento justo. Aquí y ahora podemos experimentar cómo Dios nos da a luz a una vida nueva a estrenar. Yo también puedo dejar de ser el joven Saulo para que Dios haga de mí otro san Pablo para el mundo de hoy.